Moscú

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Introducción

En las ciudades donde el silencio es ley, incluso una pregunta puede ser peligrosa.

Este relato es la voz de un niño que se aferra a la memoria de su madre, prisionera en la temida Lubianka, en una Moscú helada y vigilante. Una historia sobre la resistencia íntima, la dignidad heredada y el valor de pensar por uno mismo, incluso cuando todo a tu alrededor conspira para que no lo hagas.

No sé exactamente por qué escribí Moscú. Quizá para entender el silencio, o para recordar que, incluso en los inviernos más largos, alguien sigue esperando la primavera.

Esta historia es para quienes alguna vez tuvieron que decir adiós sin entender por qué.

Relato

Moscú

A veces me despierto y, por un momento, creo que todo fue una pesadilla. Que mamá sigue en casa, tarareando canciones mientras la sopa hierve en el fuego, y yo dibujo en la mesa con los lápices que me regaló.

Por un momento, todo parece como antes.

Hasta que miro el perchero de la entrada.

Y veo su abrigo.

Vacío.

Colgado ahí como si aún la esperara.

Entonces recuerdo.

Mamá no va a volver.

No por ahora.

No mientras siga en la Lubianka.

No sé de qué la acusan.

Nadie lo dice.

O sí lo saben, pero prefieren callar.

Papá siempre repite que no pregunte.

Que en Moscú un susurro puede ser una condena.

Pero yo me pregunto igual.

Cada noche.

¿Por qué se la llevaron? ¿Por qué sin una palabra? ¿Por qué como si no importara?

La última vez que la vi fue detrás de un cristal sucio.

Yo tenía doce años.

Me dejaron verla apenas unos minutos.

No pude abrazarla. Solo mirarla.

Ella…

Ella ya no tenía miedo en los ojos.

Solo una calma rara, como quien se ha rendido ante algo imposible.

Los guardias la empujaron hacia mí.

Pálida. Los labios agrietados. Los hombros vencidos.

No era la mujer que cantaba mientras lavaba los platos, ni la que me peinaba antes de dormir.

Era otra.

Y yo…

yo no supe qué decirle.

Ella sonrió.

Una sonrisa breve, cansada, que parecía que el viento podía llevársela.

—Vladik, mi pequeño Vladik —susurró.

Y supe que era una despedida.

De esas que no necesitan lágrimas.

De esas que se dicen solo con la mirada.

Quise preguntarle qué había hecho.

Si había confiado en alguien equivocado.

Si había dicho algo prohibido.

Pero ella me detuvo.

Con esa voz baja y firme que siempre usaba cuando quería que la escuchara de verdad.

—No necesitas saberlo, hijo. Piensa por ti mismo, aunque el mundo entero te diga que no. Eso no pueden arrebatártelo.

Sus palabras se quedaron flotando en el aire, como una brasa que se resiste a apagarse.

Y entonces los guardias la arrastraron otra vez.

Y el cristal volvió a quedarse vacío.

Desde entonces vivo solo con papá.

La casa es la misma, sí, pero ya no suena igual.

El reloj de pared sigue marcando las horas, pero cada campanada resuena hueca, como si nadie la escuchara.

A veces me imagino a mamá.

Me pregunto si tiene frío.

Si canta en voz baja para no enloquecer.

Si piensa en mí.

Anoche, mientras papá dormía en el sillón, me acerqué a la ventana.

La nieve caía sobre Moscú. Lenta. Pesada.

Todo parecía congelado.

Y entonces recordé algo que ella solía decir:

—El invierno en Moscú parece eterno. Pero no lo es. La primavera siempre llega.

Quizá eso es lo que ella espera.

Quizá yo también.

Mientras recuerde su voz, sus manos, sus canciones, ella no estará del todo perdida.

Soy el hijo de una mujer que se negó a vivir con miedo.

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