Muerte en Cornualles

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Cornualles era uno de esos lugares que parecía resistirse a los cambios.

Encajado entre acantilados barridos por el viento y praderas salpicadas de ovejas obstinadas, seguía oliendo a leña húmeda, a pescado recién descargado y a lluvia vieja.

La tormenta de la noche anterior había dejado charcos sucios en las calles de piedra. El mar, visible entre los callejones torcidos, bramaba como un animal herido, empujando el viento hasta las ventanas de la librería donde yo —Emily Carter— intentaba, sin éxito, ordenar la sección de novelas históricas.

Era jueves. Y los jueves no pasaba nada en Cornualles.

O eso pensaba yo, antes de que el inspector Mulligan cruzara la puerta de la librería con el abrigo chorreando y una expresión que anunciaba problemas.

—Emily —dijo, quitándose la gorra y aplastándola contra el pecho—. Te necesito.

Dejé el ejemplar de Ivanhoe que tenía en la mano y lo miré.

—¿Qué ha pasado?

Mulligan vaciló.

—El párroco. El reverendo Hargreaves.

—¿Qué pasa con él?

—Está muerto.

La palabra flotó en el aire, helada.

—¿Cómo? —susurré.

—En su despacho. Puerta cerrada por dentro. Ventanas atrancadas. Ningún signo de entrada forzada.

El reverendo Hargreaves, pensé. El mismo que cada domingo me ofrecía la mano con su sonrisa seca, el mismo que había bautizado a medio pueblo, que organizaba rifas, que discutía con pasión sobre filosofía en el salón parroquial. ¿Muerto? ¿Y encerrado?

—¿Un accidente? —aventuré.

Mulligan negó.

—Hay sangre, Emily. Demasiada para ser un accidente.

Se me heló el alma.

—¿Y qué tengo que ver yo?

—Eres la persona más perspicaz de Cornualles. —Se encogió de hombros—. Y todo el mundo confía en ti.

Suspiré. Me puse el abrigo y salimos al frío.

La casa parroquial estaba encajada al final de la calle principal, un edificio de piedra oscura castigada por siglos de lluvia.

La puerta estaba abierta, custodiada por el joven oficial Reed, que saludó con un gesto incómodo.

Subimos las escaleras. El despacho era un cuarto pequeño, austero: una mesa, una estantería, un reloj de péndulo que marcaba las horas con solemnidad.

Y allí, desplomado sobre la alfombra, yacía el reverendo.

Sangre en el costado.

Una tijera de jardinería aún clavada.

Me estremecí.

Mulligan señaló.

—Puerta cerrada con llave desde dentro. Ventanas también cerradas. Nadie vio ni oyó nada.

Me acerqué a la ventana. Condensación en los cristales. Ninguna señal de que hubiera sido forzada.

Miré la cerradura. Llave puesta en el interior.

Un crimen imposible.

O eso parecía.

—¿Quién lo encontró? —pregunté.

—La señora Brown, la ama de llaves. Llegó a las ocho. Tocó, llamó, nadie respondía. Forzaron la puerta.

Fruncí el ceño.

—¿Algo más raro?

Mulligan vaciló.

—El reloj.

Lo miré. Marcaba las tres y veinte. Pero mi reloj de muñeca marcaba casi las diez de la mañana.

—¿Se ha parado?

—No —dijo Reed—. Va atrasado.

Anoté mentalmente el detalle.

Revisé la mesa. Había papeles desordenados, un tintero volcado, una Biblia abierta en el Salmo 91:

“Caerán a tu lado mil, y diez mil a tu diestra; mas a ti no llegará.”

Sentí un escalofrío.

**

Durante el resto de la mañana, fui recopilando piezas.

El reverendo era respetado, pero no querido universalmente. Había discutido hace poco con el joven Mark Benton, que quería hacer conciertos de música moderna en la iglesia.

También había tenido palabras fuertes con la señora Lovett, presidenta del comité de restauración, por temas de dinero.

Y algunos susurraban que el reverendo había descubierto un asunto turbio relacionado con las cuentas de la iglesia.

Demasiados motivos.

Demasiados sospechosos.

**

Esa noche, mientras el viento azotaba los tejados de Cornualles, no podía dejar de pensar en el despacho cerrado.

Todo apuntaba a un suicidio, pero algo no encajaba. El reverendo era meticuloso. No habría dejado la Biblia abierta al azar.

Y la tijera era de jardinería, no un arma improvisada.

Me levanté de la cama, me envolví en una manta, y volví a repasar mentalmente la escena.

El reloj.

Ese maldito reloj atrasado.

¿Qué hora había sido en realidad la muerte?

**

Volví a la casa parroquial al amanecer. Mulligan estaba allí, con cara de no haber dormido.

—¿Has descubierto algo? —preguntó, esperanzado.

Asentí.

—Déjame ver el despacho una vez más.

Entré. El aire olía a humedad, a encierro.

Fui directo al reloj. Examinarlo de cerca reveló algo curioso: la cuerda estaba atascada. El péndulo oscilaba, pero de forma irregular.

—Este reloj —dije en voz alta— marca mal desde hace semanas, ¿verdad?

Mulligan parpadeó.

—Puede ser. Nadie le da cuerda desde que el reverendo despidió al relojero del pueblo.

Sonreí levemente.

Todo encajaba.

**

Convocamos a los principales implicados en el salón parroquial: el joven Benton, la señora Lovett, la señora Brown.

Los miré uno a uno.

—El reverendo murió a las tres y veinte de la madrugada —empecé—. No a las ocho, como pensábamos.

Murmullos.

—Eso quiere decir que cuando la señora Brown llegó, él llevaba horas muerto. La puerta estaba cerrada. Pero no porque el reverendo la cerrara.

Me giré hacia la ama de llaves.

—¿Verdad, señora Brown?

Ella palideció.

—No… yo… yo…

—Usted encontró al reverendo muerto en mitad de la noche —dije, avanzando un paso—. Entró con su copia de la llave. Se asustó. Y, temiendo quedar como sospechosa, cerró la puerta desde fuera, usando el pestillo que solo tranca por dentro si uno sabe forzarlo. Luego fingió que lo encontró por la mañana.

La señora Brown rompió a llorar.

—¡No quería matarlo! ¡Fue un accidente!

Mulligan la sujetó del brazo, mientras ella balbuceaba que el reverendo la había sorprendido robando dinero del cajón de limosnas, que forcejearon, que ella había empuñado la tijera en pánico.

**

El caso estaba cerrado.

Cornualles, con su lluvia interminable y su mar de acero, volvió poco a poco a su rutina.

La librería recobró su olor a papel húmedo y madera vieja.

A veces, mientras acomodo los libros y oigo las campanas de la iglesia en la distancia, pienso en el reverendo Hargreaves.

Y en cómo, incluso en los lugares más pequeños y tranquilos, el miedo y la culpa pueden encontrar la manera de abrirse paso.

Pero también pienso en cómo, con paciencia, con atención, con algo de amor por las palabras y los detalles, todo crimen puede tener su verdad descubierta.

Aunque nieve.

Aunque el viento ruja.

Aunque el invierno parezca no terminar nunca en Cornualles.

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