Puerta de embarque 23

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Puerta de embarque 23

Relato completo en dos partes

Parte I: En tránsito

La terminal se despierta cada día con la misma luz artificial, inmutable.

Las cintas transportadoras zumban como serpientes cansadas. La máquina de café escupe su primer expreso sin entusiasmo. En la tienda de perfumes, Carla repasa los frascos alineados como soldados. Todo empieza como siempre. Todo ocurre como si el tiempo no avanzara.

A las 6:12, sin falta, lo ve pasar.

Traje oscuro, camisa blanca. Maleta negra. Paso medido. Mirada perdida.

El pasajero frecuente.

—Ahí va otra vez —murmura Carla, sin mirar a nadie.

No sabe su nombre. Nadie lo sabe. Lo llaman “el lunes-jueves” porque siempre aparece esos días. Sale por la puerta de embarque 23. Siempre la misma. Nunca cambia. Nunca se equivoca. Nunca compra nada. Ni siquiera un café. Pero todos lo reconocen.

Lo que nadie dice, lo que todos intuyen, es que él no envejece.

El martes, Clara —la chica de limpieza nocturna— cree ver su silueta reflejada en el cristal del Duty Free. Solo que ese día no hay vuelos. Hay huelga de controladores. Todos los vuelos están cancelados. Y sin embargo, ahí estaba él. De pie. Esperando.

Se acerca. La figura desaparece. Clara no dice nada. No quiere parecer loca.

La terminal tiene rincones donde el tiempo se pliega. Pasillos que parecen más largos de lo que deberían. Zonas cerradas que nadie recuerda haber abierto. Clara, que trabaja cuando todo está en silencio, empieza a notarlo. Una sensación leve. Como si alguien respirara justo detrás de ella.

Ese jueves, él no regresa. Carla lo espera mientras coloca un cartel de “rebajas” frente a los perfumes. Los guardias lo comentan en voz baja.

—¿Lo habéis visto hoy?

—Ni rastro.

—¿Seguro que existe?

Revisan cámaras. En los archivos, su imagen siempre aparece borrosa. Como si se resistiera a ser captada. Clara se atreve a entrar por el pasillo que lleva a la puerta 23. Nunca hay nadie allí. Pero ese día, la pantalla no muestra ningún vuelo. Solo una palabra parpadeando: “RETRASADO”.

Ella se acerca más. En el suelo, encuentra un papel doblado. Está seco, viejo. Parece una carta. Con letra clara:

“A veces creo que solo existo cuando alguien me mira. Y cuando nadie lo hace, me disuelvo en el aire reciclado de esta terminal. ¿Y si esta puerta no lleva a ningún sitio? ¿Y si el destino no importa?”

— F.

Clara vuelve cada noche a la misma puerta. La terminal ya no es la misma. Escucha llamadas de embarque a destinos que no existen: Valmora, Erión, Durn. Ve maletas que se mueven solas. Personas que esperan eternamente sin que su vuelo sea llamado.

Una noche, lo ve. Sentado en el suelo, como dormido. Está más pálido. Más joven. O tal vez más viejo. Lo despierta con cuidado.

—¿Quién eres? —pregunta.

Él abre los ojos.

—Soy lo que queda cuando nadie elige quedarse.

Y se desvanece.

FIN DE LA PARTE I

Parte II: Donde nadie regresa

El silencio de la noche en la terminal ya no es vacío. Tiene un pulso, un ritmo.

Clara lo siente bajo los pies, en las paredes, en las luces que parpadean cuando nadie las ve. Ya no recuerda en qué momento dejó de salir por las puertas del personal. O por qué.

Ella sigue limpiando. Sigue moviéndose entre las puertas, los reflejos, las sombras. Pero ahora nadie la saluda. Nadie la ve.

Un nuevo supervisor llega al aeropuerto. Se llama Ernesto. Es joven, metódico, ambicioso. En sus primeros días, revisa los accesos menos transitados. Encuentra un pasillo con cámaras desconectadas y una pantalla que muestra vuelos que no existen.

—¿Qué es esto? —pregunta al personal de control.

—Una puerta en desuso. La 23. Nadie la usa desde hace años.

Pero hay huellas recientes. Papeles doblados en los rincones. Una fregona húmeda. Una taza olvidada con restos de café seco. Y en un cristal empañado, la marca de una mano.

Ernesto empieza a investigar.

Clara lo observa desde lejos. Le recuerda a ella misma antes. Antes de saber. Antes de quedarse.

Un día, mientras él recorre el pasillo hacia la puerta 23, encuentra otra carta. Esta vez con tinta azul:

“Todos tenemos un lugar donde nos perdimos. Yo me perdí aquí. Esperando a salir. A volar. A cambiar. Pero solo me quedé. Y la terminal me abrazó. Me hizo parte de ella. Si lees esto, aún puedes irte.”

No hay firma.

Esa noche, Ernesto sueña con una mujer que le limpia los zapatos con un paño viejo. Cuando despierta, sus zapatos están limpios. Y húmedos.

Clara ha cambiado. Ya no teme. Ya no espera. Recorre los pasillos como quien guarda un templo secreto. A veces susurra nombres de pasajeros que no existen. A veces canta, suave, como si arrullara a los que no supieron marcharse.

Y entonces llega alguien nuevo.

Una mujer con una maleta roja. Cansada. Ojerosa. Se sienta frente a la puerta 23. Mira la pantalla parpadeante. No sabe por qué, pero siente que debe quedarse.

Clara se sienta a su lado.

—¿Esperas a alguien? —pregunta.

—No lo sé.

Clara sonríe.

—Entonces quizás ya estás en casa.

Ernesto decide cerrar el pasillo. Lo sella. Ordena cortar la energía de la puerta. Y sin embargo, al día siguiente, la pantalla vuelve a iluminarse.

“VALMORA – Embarcando”

En la tienda de perfumes, Carla ya no recuerda si el pasajero frecuente era real o un invento del cansancio.

Solo sabe que cada jueves, a las 18:33, cree ver una silueta cruzando el fondo de la terminal.

Una maleta negra. Un paso medido.

Y que la puerta 23 sigue encendida.

Esperando a alguien más.

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