Lisboa

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La luz de Lisboa tenía algo de mágico. No era solo la forma en que iluminaba los adoquines de las calles, ni cómo acariciaba los tejados rojizos antes de sumergirse en el Tajo. Era una luz líquida y dorada, como un eco del Atlántico, que se reflejaba en los cristales de los tranvías amarillos mientras subían y bajaban las colinas, chirriando con un encanto casi musical.

Camila se dejó llevar por el traqueteo del tranvía 28. Desde su ventana, Lisboa desfilaba como un poema visual: los balcones decorados con buganvillas, las fachadas cubiertas de azulejos que parecían guardar secretos antiguos, las lavanderas que colgaban sábanas blancas al sol. Era imposible no sentirse parte de esa coreografía caótica y hermosa.

Al llegar a Alfama, el conductor del tranvía sonrió, como si entendiera que aquel barrio era el destino inevitable de todos los que buscaban el corazón de la ciudad. Camila se bajó y comenzó a caminar por los callejones empinados, donde las paredes parecían susurrar fados antiguos. Se encontró con un pequeño café donde un anciano tocaba la guitarra portuguesa mientras una mujer cantaba, su voz desgarradora llenando el aire de saudade.

Después, cuando el sol empezó a caer, el Chiado la recibió con su energía vibrante. Fue allí donde los cafés la atraparon. El aroma del café recién hecho llenaba las calles, mezclándose con el murmullo de las conversaciones y el ruido de las cucharillas contra las tazas de porcelana. Cada café tenía su alma, su historia.

En A Brasileira, el más icónico de todos, el tiempo parecía haberse detenido. Camila encontró una mesa cerca de la estatua de Fernando Pessoa. El poeta de bronce miraba al infinito con su aire melancólico, pero a la vez parecía escuchar las palabras y risas de los presentes. Camila pidió un café y un pastel de nata, y dejó que el momento la envolviera.

Sacó de su bolso un libro de Pessoa y leyó en voz baja:

“Lisboa con sus casas

de varias alturas,

Lisboa con sus calles

que se abren al cielo,

Lisboa con su Tajo,

casi el mar, Lisboa,

y yo con sueños suyos.”

Mientras recitaba, los últimos rayos de sol iluminaban la estatua del poeta, como si Lisboa misma rindiera homenaje a su voz. Camila levantó la mirada, imaginando a Pessoa recorriendo esas mismas calles, bebiendo café en esa misma terraza, buscando en su ciudad el reflejo de sus sueños.

Era imposible no sentirse conectada con él, con la Lisboa que vivía en sus palabras y que ahora respiraba en cada esquina. En ese instante, con el café caliente entre sus manos y el murmullo de la ciudad como banda sonora, Camila comprendió por qué Pessoa amaba tanto Lisboa. Ella también había caído bajo su hechizo.

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