Nació en 1853, en el corazón de Nueva York, en el taller de un hombre que soñaba con construir el piano perfecto. Henry Steinway había fabricado ya 482 pianos antes de él, pero este era especial. Era el primero que llevaría el sello oficial de Steinway & Sons, el número 483 en la historia de su creador, el primero en marcar el inicio de una dinastía musical.
Su madera relucía con el brillo del barniz recién aplicado. Sus teclas de marfil resplandecían como la luna, y su sonido, profundo y majestuoso, prometía conquistar teatros y corazones.
Su primer destino fue Europa. Viajó en un barco mercante que atravesó el Atlántico y lo llevó hasta Lisboa, mecido por las olas y el viento salado. Desde allí, un tren de vapor lo transportó a Viena, la capital de la música, donde los salones rebosaban talento y genios.
Fue allí donde, en una gran sala iluminada por lámparas de araña, Johannes Brahms posó sus manos sobre él por primera vez. Aquella noche, el piano vibró con la fuerza del Concierto para piano n.º 2, y la ciudad se rindió ante su sonido.
Años después, viajó a Dresde, donde Clara Schumann deslizó sus dedos sobre él para interpretar el Concierto para piano en la menor. Su música llenó la sala, y por primera vez, el piano sintió algo parecido al amor.
Pero la historia no siempre es amable con la belleza. La Guerra Austro-Prusiana estalló, y el piano, testigo mudo de la violencia y el caos, quedó olvidado en una buhardilla. El polvo cubrió su superficie, sus cuerdas se aflojaron y sus notas enmudecieron.
Hasta que un maestro pianista lo encontró. Con manos expertas, afinó cada cuerda, devolviéndole la voz. En 1890, el piano viajó a Roma, donde Giovanni Sgambati lo hizo brillar en un concierto en el Palazzo del Quirinale.
Pero el olvido lo alcanzó de nuevo. Durante años, permaneció callado, esperando ser despertado.
En 1914, en vísperas de la Primera Guerra Mundial, regresó a Viena. Allí vio cómo el Imperio Austrohúngaro se tambaleaba, cómo la guerra consumía Europa y cómo los salones donde antes resonaban valses ahora guardaban silencio.
En 1917, fue trasladado a Moscú, al Teatro del Bolshói, donde la música aún tenía poder. Allí vivió la Revolución Rusa, el final de los zares y el ascenso de un nuevo mundo. Entre el caos, el piano volvió a tocar.
En el Teatro del Bolshói, entre los ecos de una Rusia convulsa, Serguéi Rajmáninov dejó caer sus manos sobre las teclas, deslizándose con la maestría de quien conoce el alma de cada nota. Sonó el Concierto para piano n.º 2, y el piano vibró con la misma emoción que la noche en que Brahms lo había tocado por primera vez. Pero el mundo cambiaba, y la música no podía detenerlo.
Desde Moscú, el piano viajó a Berlín, una ciudad atrapada entre el esplendor cultural y las sombras de la crisis. En 1924, acabó en un rincón del cabaret Weisse Maus, donde la decadencia y la libertad se entrelazaban en cada melodía. Allí, en las madrugadas de humo y champán, sonaron los tangos de Kurt Weill y las canciones de Marlene Dietrich. Aquella era la ciudad de los felices años veinte, de cabarets y vanguardias, de una explosión cultural sin precedentes. Pero también era una ciudad que no tardaría en oscurecerse.
En 1934, desde su rincón en un salón cualquiera, el piano presenció el ascenso del nazismo, vio a Hitler convertirse en canciller y sintió cómo la música empezaba a ser silenciada por la intolerancia. Antes de que la sombra del fascismo lo alcanzara, fue enviado a Londres.
El Royal Albert Hall lo recibió con la solemnidad de los templos de la música. Allí, Arthur Rubinstein interpretó el Concierto para piano n.º 22 de Mozart, y por un instante, la armonía pareció vencer al miedo.
Pero la Segunda Guerra Mundial llegó, y con ella, los bombardeos sobre Londres. Las notas del piano se mezclaban con el estruendo de las sirenas antiaéreas y el rugido de los aviones. Sobrevivió a las bombas y, cuando la guerra terminó, fue trasladado a Liverpool, donde cayó en el olvido.
Hasta que, en una bodega oscura llamada The Cavern, unos chicos con guitarras lo redescubrieron. Uno de ellos, John Lennon, lo adoptó. Allí, entre acordes de rock, el piano se convirtió en parte de algo nuevo, en el latido de una revolución musical. Y un día, en la calma de una habitación, sobre sus teclas nacieron las primeras notas de Imagine.
En los años setenta, voló a Madrid, donde la gran Alicia de Larrocha lo compró y lo llevó consigo por todo el mundo, devolviéndole su lugar en los grandes escenarios. Desde sus teclas, el piano vio la caída de la dictadura de Franco en 1975 y el fin de la guerra de Vietnam.
En 1985, en el estadio de Wembley, el piano vivió uno de los momentos más icónicos de la historia del rock. Freddie Mercury, con la energía de un huracán, se sentó ante él y dejó que las primeras notas de Bohemian Rhapsody flotaran en el aire, en aquel legendario Live Aid que unió al mundo con música.
Después volvió a Berlín. Y en 1989, estuvo allí cuando cayó el Muro. Las manos de un desconocido tocaron un acorde en él la noche en que la ciudad dejó de estar dividida.
En 1992, viajó a Barcelona, donde Freddie Mercury lo hizo brillar una vez más en la inauguración de los Juegos Olímpicos. Y entonces, otra vez, el olvido.
Años después, en 2005, el piano cruzó el océano hasta Buenos Aires. En el majestuoso Teatro Colón, Daniel Barenboim interpretó el Concierto para piano n.º 5 “Emperador”. Y con él, el piano viajó de nuevo, esta vez a Córdoba y más tarde con la West-Eastern Divan Orchestra, dando conciertos en Chicago y en Cisjordania, donde la música intentaba tender puentes entre mundos enfrentados.
El último viaje, hasta ahora, lo llevó a Ucrania, al Teatro de Mariúpol, donde Vadym Kholodenko lo hizo sonar con la fuerza de quien sabe que la música es resistencia. Fue el Concierto para piano n.º 2 en do menor de Rajmáninov. Y mientras las notas flotaban en el aire, los misiles caían sobre la ciudad.
Por ahora, este ha sido su último concierto. Pero el piano sigue esperando su próxima historia. Tal vez en una Palestina reconstruida, en una tierra donde la música pueda sonar libre otra vez.

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